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Miguel de Unamuno y el fútbol; un amor imposible

Miguel de Unamuno siempre sintió apatía por el fútbol, pese a ser familiar de uno de los futbolistas españoles más goleadores de la historia.

A veces, dicen, los polos opuestos se atraen. Otras, sin embargo, se repudian. El fútbol y el intelectualismo, históricamente, no han tenido una relación extremadamente cercana. Y, aunque hay excepciones, como los casos de Salvador Dalí y Federico García Lorca, futboleros confesos, son muchos los intelectuales que se desmarcan y muestran lejanía con el deporte más popular del país.

Es el caso, por ejemplo, de una de las mentes más emblemáticas de la filosofía española. Acertar el nombre del protagonista no es ningún enigma, pues el personaje en cuestión siempre ha destacado por nadar a contracorriente de las opiniones y gustos mayoritarios en la sociedad. Celebramos el 158 aniversario del nacimiento de Miguel de Unamuno charlando sobre su evidente apatía por el fútbol.

Una apatía que muchos aseguran nace de su rechazo a todo lo imitado del anglicismo. A principios del siglo pasado, España mostraba un cierto retraso social y político con el resto de países europeos. Fue en ese punto cuando la sociedad empezó a fijarse en la desarrollada Gran Bretaña y a incorporar alguno de sus hábitos. Entre ellos, el fútbol, que había adquirido una popularidad abismal en las islas inglesas y que se popularizó en nuestro país gracias a los marinos e ingenieros británicos, quienes lo introdujeron en la zona sur de la península en los últimos años del siglo XIX.

Miguel de Unamuno plasmó en más de un texto sus críticos dictámenes sobre este deporte que no dejaba ganar adeptos. Algunas de sus publicaciones son: «¡Pasto y Deporte!” (1924), “Boy-Scouts” y “Foot-ballistas” (1923). No obstante, las líneas donde confiesa abiertamente su ‘anti fútbol’ se publican en marzo de 1924 en La Nación, en una entrega que cataloga como “Sobre el desarrollo adquirido por el fútbol en España”.

En este caso, se ceba, sobre todo, con el aficionado y su forma, algo grotesca y poco deportiva, de vivir el fútbol. El odio que nace de una pétrea esfera fabricada con caucho y cuero. Escribe, por ejemplo, que “hay ya el «aficionado» footbalístico, que no da patadas al pelotón, pero acaba por convertir en un pelotón su cabeza en fuerza de discutir jugadas y jugadores. Y el daño mayor que está haciendo el football entre los chicos no es en el cuerpo, sino en la inteligencia”.

Equipara, además, al seguidor futbolero con el seguidor de los toros, que gozaba de una notable fama en la sociedad española de la época. Los equipara no sólo en su popularidad, sino en la condición ‘poco culta’ de la gente que lo sigue. “El público de los partidos de pelotón es aquí el mismo que el de las corridas de toros y no más culto. Se reproducen espectáculos tan vergonzosos como aquéllos de quemar los tendidos de una plaza. Y aun hay algo peor. En las corridas no se oía esto de « ¡Muera Villavieja!» y « ¡Muera Villanueva!» y el que se vengan a las manos los del uno y el otro pueblo. «Una manifestación de nuestra siempre latente guerra civil» -se dirá. ¡Ojalá! ¡Ojalá fuera así!”

Su postura es, cuando menos, curiosa, pues Miguel de Unamuno era fiel seguidor y relator de los deportes, con especial atracción por los Juegos Olímpicos. Sin embargo, ubica en posturas totalmente distanciadas los Juegos Olímpicos y el football. Sobre todo, porque ningún intelectual escritor, en este caso, plasma en ninguna de sus obras grandes gestas de futbolistas. En las siguientes líneas, además, se muestra reacio, también, al más puro estilo Luis Enrique, al periodismo deportivo del país.

“Y si al menos tuviésemos un Píndaro que cantase a los grandes jugadores como el gran Lírico Beocio cantó a los vencedores de los juegos Olímpicos, píticos, neméos o ístmicos, nos quedarían al menos esos cantos. Pero la literatura que el football provoca es tan ramplona como la que provocaban las corridas de toros (…)”. Vaticinaba, además, que “el football terminará enfrentando personas, clubes y ciudades”

En término generales, el gran Miguel de Unamuno percibe al aficionado futbolero como una persona poco culta, agresiva, frívola y troglodita y al fútbol como el hermano bastardo de la tauromaquia y agitador de tensiones entre ciudades.

En este punto, entra en juego el destino, caprichoso, como siempre. Juguetón, como sólo él sabe serlo. La sobrina del filósofo, catedrático, dramaturgo -y muchas otras cosas- español tiene un hijo en 1892. En 1911, Rafael Moreno Aranzadi debuta con el Athletic Club y se hincha a meter goles. El impacto del futbolista fue tal, que su apodo, Pichichi, se sigue utilizando todavía a día de hoy para definir al máximo goleador de las diversas competiciones. Así es, un familiar de Miguel de Unamuno dio origen al término ‘Pichichi’.

Por supuesto, el intelectual trató de persuadir al joven para que dedicase su vida profesional a otro gremio diferente al futbolístico. A instancias de su sobrina, Unamuno inició al joven en la filatelia. Pichichi se negó, siguió con su carrera y el resto es historia.

Miguel de Unamuno no logró hacer de su mensaje una creencia popular y el fútbol siguió creciendo, paso a paso, hasta llegar a convertirse en el deporte más popular del país. Además, sus disuasorias palabras no calaron ni en su propia familia, de donde salió uno de los más grandes delanteros españoles.

 

Imagen principal vía: Zenda.

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Iker Silvosa Cruz

Graduado en periodismo. Contador de historias. Tratando de poner la lupa en lo desconocido.

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