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Federico García Lorca y su romance con el Atlético de Madrid

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Poeta, dramaturgo y futbolero. Así era Federico García Lorca. Empezó siendo aficionado neutro, pero el amor le terminó convirtiendo en ‘colchonero’

Intelectual y futbolero. Dos adjetivos que, juntos, sobre todo en épocas pasadas, no casaban. El fútbol nunca ha solido relacionarse con el intelectualismo cultural. Son dos mundos prácticamente opuestos. Sin embargo, uno de los poetas más célebres de la historia española, Federico García Lorca, habitaba en ambos.

Durante su estancia en la Universidad Complutense de Madrid, el poeta acudía con asiduidad y en condición de aficionado a los encuentros que disputaba el equipo de la Residencia de Estudiantes donde él se hospedaba. Una gran cuantía de sus colegas de ‘resi’ jugaban en el equipo. Entre ellos, Manolín Merediz, Ramón Argüelles y José Luis Ituarte, que más tarde jugarían en el Atlético de Madrid (por aquellos entonces, aún conocido como Athletic Club de Madrid).

Una anécdota peculiar es que, en uno de estos encuentros, disputados en el campo de la Colina de los Chopos, Lorca conoció a José Antonio Primo de Rivera, a merced de un amigo en común, José Diaz Ambrona. El primogénito del dictador era integrante del equipo de la facultad de Derecho.

Federico García Lorca reconoció públicamente su simpatía con el fútbol. Lo hizo en una entrevista con la revista ‘Miradero’, donde reconoció que ««Cuando presencio un partido, unos me son más simpáticos que otros. Conquistan espontáneamente la simpatía por cualquier accidente del juego. Y deseo que gane el que más rápidamente captó mis simpatías. Voy al espectáculo deportivo sin prejuicio alguno».

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Es evidente que, en primera instancia, Lorca se autoproclamaba espectador neutro. Le gustaba el fútbol, pero no era fiel aficionado de ningún equipo. Sin embargo, esto cambió con el paso de los años.

Su indiferencia se terminó tornando en sentimiento rojiblanco. Tres personajes tuvieron la culpa de su conversión de poeta neutro a poeta colchonero.

Los dos primeros son nombres realmente relevantes en la historia del Atlético de Madrid. Dos ángeles de la guarda colchonera que salvaron al club del abismo. El primero de ellos, Manuel Rodríguez Arzuaga, colchonero de pura cepa, ponía recursos económicos de su bolsillo a disposición del club cuando la desaparición acechaba a causa de grandes problemas financieros. Pagaba las equipaciones, el autocar, la cuota arbitral, los trofeos…

El segundo salvador fue Francisco Vives, integrante e hijo del fundador de la Aviación española. Cuando estalló la guerra, el Atlético sucumbió a la contienda bélica y tornó a situaciones económicas aún más preocupantes que las de antaño. Apenas sin jugadores, sin campo, sin dinero… Sólo una decisión logró volverles a salvar de la desaparición: su fusión con el Aviación Nacional, presidido, precisamente, por Francisco Vives.

Federico García Lorca amistaba con estos dos héroes rojiblancos, Manuel Rodríguez Arzuaga y Francisco Vives. Esto, sin lugar a dudas, provocó que el poeta nacido en Fuente Vaqueros reputase cierta simpatía con el Atlético de Madrid.

Sin embargo, el culpable de que esta simpatía deviniese pasión fue otro: el gran amor de su etapa universitaria, Rafael Rodríguez Rapún. Estudiaba una ingeniería en la Escuela de Minas y, además, se inscribió en la carrera de Derecho en la Complutense. ‘Tres Erres’, como le apodaba Lorca, era futbolista del juvenil del Atlético de Madrid y socio del club.

Ambos coincidieron en La Barraca, compañía teatral dirigida por el propio Lorca. Rafael Rodríguez Rapún era un tipo alto y fibroso, heterosexual confeso e incluso con ciertos indicios de mujeriego. Sin embargo, no pudo sucumbir a los poéticos encantos de Federico García Lorca. Fue el gran inspirador del artista granadino en ‘Sonetos del amor oscuro’ uno de sus libros de poemas más conocidos.

Tú nunca entenderás lo que te quiero

porque duermes en mí y estás dormido

yo te oculto llorando, perseguido

por una voz de penetrante acero

En estas líneas, además, Lorca se refiere, por primera vez, a su amor como un sujeto masculino (dormido), reconociendo así su homosexualidad.

El romance, surgido a mediados de los años 30, se va quebrando con el paso de los días dada la negativa del futbolista de dar el paso y ceder en su condición sexual. Con todo esto, y con la Guerra Civil ya empezada, Federico García Lorca ve amenazada su integridad en la capital y decide volver a su Granada natal, desoyendo los consejos de sus más cercanos de partir hacia el extranjero.

El 16 de agosto de 1936 es detenido por sus condiciones de «socialista, masón y homosexual» por el Frente Nacional. Dos días más tarde, el 18 de agosto, hoy hace 86 años, es fusilado. Pero la historia no termina aquí. La trama deviene todavía más romántica cuando Rafael Rodríguez Rapún, sintiéndose culpable por la muerte de su ‘amigo’, decide vengarse por su cuenta y alistarse en las tropas republicanas. Justo un año más tarde, el 18 de agosto de 1937, muere fusilado en batalla, tras tratar de acribillar en solitario a los asesinos de Lorca. En aquellos instantes, su bolsillo estaba habitado por el carnet de socio del Atlético de Madrid. Un colchonero desde la cuna y hasta la cuneta. Un amor incondicional que fue capaz de propagar y transmitir a un futbolero neutro, a uno de los personajes culturales por excelencia.

José Antonio Martín Otín «Petón» escribió en su reportaje Federico García Lorca y el Atleti de Madrid. Esa hermosa conexión que «si en el amor aceptamos como nuestro lo que el otro ama, y lo asumimos, y lo defendemos, y al fin, con nuestro amor somos de lo que nuestro amor es, cómo no intuir a Federico conectado con el equipo de su amor. El Atleti de Madrid». Y esa es la mejor explicación para comprender por qué Federico García Lorca fue seguidor del Atlético de Madrid. Por amor.

 

Imagen principal vía: ABC.

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