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¡Vuelven las grandes noches del Balompié!

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El Real Betis pasó a semifinales de la copa del rey, en una noche mágica para los andaluces. Catorce años después el equipo verdiblanco puede ver muy cerca una final.

¡Mamá me voy!, ¿llevas la bufanda?, sí mamá, ¿y la bandera?, sí mamá, “ea po ten cuidaito, y a ver si ganamos, y no pegues voces”.

Nos vemos todos cada 15 días, más o menos, a veces antes. Si puede ser vestidos de verde, si no, no pasa nada, pero nunca de rojo, ¡no por dios!, eso es pecado. Subimos al coche y rumbo a Sevilla. Y empiezas a notarlo, te llenas de ilusión, la adrenalina corre por tus venas, Heliópolis cada vez está más cerca. ¡Hoy ganamos, hoy soñamos, hoy lloramos, hoy nos abrazamos, hoy es día de Betis!.

Aparcamos el coche, y andamos la distancia que nos separa del cielo, ese cielo llamado Benito Villamarín, donde juega el profeta que nos une a esta religión, Real Betis Balompié. Y te vas acercando, y el ambiente te lleva solo, los cánticos te engrandecen, y la calle tajo es la esquina ideal para sentir tus emociones y brindar con los tuyos.

¡”Uff, que poco queda, vamos para dentro”! , y subes esas escaleras, y los nervios se apoderan de ti, estás a minutos de estar de nuevo en otra semifinal. Te sientas, y empiezas a latir. Al unísono de 40.000 béticos. Miles de corazones en un puño, soñando con ese balón que traspase la línea de gol, y puedas gritar, saltar, vibrar en la grada, abrazando a desconocidos, cantando con amigos, llorando en verdiblanco.

Y empiezan a cantar, ¡”Dale, dale alegría a mi corazón…”! , y todo se vuelve mágico, porque recuerdas, empiezas a recordar, cuando eras niño… cuando era Finidi el que se ponía ese sombrero. Cuando Prats se atrevía con las faltas. Cuando Alfonso te maravillaba con sus botas blancas. Cuando Oliveira reventaba una y otra vez las redes del contrario, cuando imaginabas los golazos de Assunçao. Cuando el príncipe Edu sacaba su clase a pasear. Recuerdas.

Y te transportas a esos años, y empiezas a comprender que hoy son otros, pero la camiseta es la misma, que has crecido, y el sentimiento también. Ha pasado el tiempo, has comido barro hasta vomitar de hastío, y hoy de nuevo, en tu casa, puedes hacer historia. Esto no se puede escapar, y remas como aquellas grandes noches.

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Llega la hora de sufrir, y sufres. El corazón quiere salirse del pecho, las piernas no te responden, y la boca se queda seca. Pero sacas fuerzas de flaqueza, y cantas, y animas, brota solo, de dentro, sale sin que haya que buscarlo, porque hay razones, que la misma razón no conoce. Buscas en la grada una mano amiga, y la encuentras, aunque a veces ni sepas quién es esa persona, y por qué nos abrazamos en un gol, si ni siquiera nos conocemos.

Termina el partido, y saltas de emoción, porque de nuevo tu Betis vuelve a estar en primera fila. Ya no tiene que coger asientos atrás. Ya ve lo que se explica en el aula, ya no necesita clases de recuperación. El fútbol ha vuelto por el Villamarín.

Te vas alejando y atrás queda lo vivido. La noche perfecta, el sueño dulce, la pasión en verdiblanco. Como un vía crucis has estado todo el partido, sufriendo por tu Betis, pero deseoso de gritar como el que más. Atrás queda aquella mano amiga que en la grada encontraste. Atrás queda aquel gol celebrado. Atrás queda aquella eliminatoria latida. Porque vuelves a casa, y esta vez tu madre no tiene que consolarte. No hace falta mamá, porque, «lo van a ver, que vuelven las grandes noches del Balompié”!

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