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Trejo y Pozo; Capitanes del Santa Inés

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El Santa Inés, quebrantado, zarpa de Vallecas bajo el mando de sus dos capitanes, que tratarán de evitar el naufragio de un navío abocado al fracaso.

El Rayo Vallecano no es, ni mucho menos, un club cualquiera. Como institución no representa un escudo o una marca, representa el orgullo de un barrio que se cimenta en unos valores concretos, sólidos e imperturbables. No somos una afición que reclame únicamente el éxito deportivo, sino que exigimos una involucración directa del club en aquella minoría, ruidosa, que representa.

Sin embargo, esto no puede estar más lejos de la realidad. Mientras la afición rema a contracorriente para mantener la idiosincrasia del club al que ama, la directiva, lejos de remar con ellos, les deja morir de frío, incluso en numerosas ocasiones, se ríe de sus esfuerzos. Esta desconexión tan evidente entre afición y directiva genera una brecha insalvable que lo deportivo no puede abarcar. Poniendo en aprietos continuos tanto a entrenadores como a futbolistas donde tienen que elegir entre un bando u otro, cuando más que nunca, estos deberían ir unidos.

Dicho esto, no nos queda otra que aferrarnos al clavo ardiendo que supone lo deportivo, y aquí volvemos a encontrar un problema semejante. Este equipo se muestra muchas veces dividido en el campo, como si los jugadores fueran un microcosmos del problema que concierne lo extradeportivo. No consigue hilar la línea defensiva con la de los atacantes, muchas veces avanzando de manera trabada o poco convincente. Tratando de progresar de forma repetitiva y monótona por banda. Un equipo que muchas veces transmite desidia, frente a la vehemencia que caracteriza a su afición.

Trejo y Pozo, la brújula de Iraola

Ante esta nube de incertidumbre y desilusión generalizada, ha aflorado el establecimiento de una simbiosis halagüeña entre los dos jugadores más geniales del equipo. Trejo y Pozo se entienden, se complementan y potencian recíprocamente. La brillantez que desprenden sus acciones en cada situación del juego son agua bendita para un Rayo caído en desgracia. Talento genuino. Actúan como enganches, a diferentes alturas. Trejo está más presente en la base de la jugada, recogiendo el balón de centrales para poder avanzar con criterio, ya sea mediante el pase o la conducción. Una vez Trejo tiene el campo de cara, actúa como un mariscal de campo, escanea el panorama y decide cómo, cuándo y dónde va a progresar el Rayo.

Aquí entra Pozo en escena. Siempre situado en esa zona de tres cuartos donde todos los genios se han situado a lo largo de la historia del fútbol. Con total libertad para moverse, pisar y recibir en cualquier zona del campo. Leyendo continuamente el juego para decidir qué solución va a posibilitar a su equipo fluir de mejor manera.  Midiendo cada paso que da al milímetro. Sin dar uno solo en falso. Jugando siempre de memoria, sabiendo donde quiere llevar el balón antes de recibirlo siquiera. Fluyendo al compás de música clásica, en una zona caracterizada por la aglomeración de rivales en espacio y tiempo reducidos, como si de un acto bélico se tratara. Impasible ante la anarquía.

El vínculo establecido entre ambos, infiere seguridad y serenidad a una situación caótica. Calma bajo la tormenta. Pero sobre todo, y más importante, otorga fe a un barrio que la necesita, que ha entrado en una vorágine perniciosa de la que no puede salir. Un tumulto que no cesa más que cuando Trejo y Pozo dan sentido al juego de un Rayo anárquico.

 

Imagen principal vía: LaLiga Santander

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