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Fútbol Lo-Fi

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Un artículo de opinión acerca del fútbol Lo-Fi (low fidelity). Es decir, de cuando el fútbol era de los hombres y no de los robots.

El término lo-fi proviene del inglés low fidelity, que significa baja fidelidad. Esta expresión se usaba para referirse, sobre todo, a aquellas piezas musicales que habían sido grabadas usando medios anticuados o de mala calidad.

Poco a poco y con la evolución de los diferentes medios de producción musical, grabar en baja fidelidad es más a menudo una decisión estética, que un límite impuesto por la calidad de los instrumentos de grabación.

En la actualidad, cuando se utiliza el término lo-fi, se hace referencia, más concretamente, a un género musical que ha surgido muy recientemente. Y que se caracteriza por ser un tipo de música en el que la tranquilidad, la nostalgia y el sampling están muy presentes.

La nostalgia es, en mi opinión, la característica más importante del género. Pero no vale cualquier tipo de nostalgia. Hablo de la que siente, más concretamente, la juventud de hoy en día. Puede sonar pretencioso, pero el mundo ha cambiado más en los últimos 20 ó 30 años que en los anteriores 200. Y a esta juventud de la que hablo, les ha hecho vivir durante su infancia en una época completamente diferente al mundo de hoy. La tecnología, sobre todo, tiene la culpa.

Y os preguntaréis que qué tiene que ver todo esto con el fútbol. Pues tiene que ver, porque como toda la vida en general, el fútbol también ha cambiado. El juego posicional, el cruyffismo del Barça de Guardiola, la presión alta del fútbol italiano, la escuela alemana de entrenadores Red Bull

Todos estos factores han hecho que el fútbol de hace quince años sea completamente obsoleto en el fútbol de hoy. Cada vez, son los entrenadores el factor más importante de un equipo, mientras que los jugadores se limitan a ser meros maniquíes que replican con la exactitud de un robot las órdenes de su entrenador. Cada vez, veo menos creatividad y libertad.

Hace no demasiado, este deporte estaba plagado de jugadores geniales que ejecutaban acciones inesperadas de forma brillante. Eso era ser una estrella, hacer lo que ninguno más podía, y cambiar el curso de un partido por sí mismo ignorando la presencia de otros veintiún jugadores sobre el campo. Hoy en día son simples soldados rasos a las órdenes del comandante en jefe de turno.

Hay un punto, bastante claro, de inflexión en la historia de este deporte: el FC Barcelona de 2009, entrenados por Pep Guardiola, y plantilla de la que destacaban nombres como Messi, Iniesta, Xavi, Puyol, Busquets, Abidal… Todos ellos en su mejor momento deportivo. Este equipo fue el que de verdad puso de moda y demostró lo efectivo que podía ser un juego posicional y basado en la posesión.

Fútbol de autor, de Guardiola, cruyffismo en vena. Pep consiguió domar a todos esos enormes egos (y los que no, fuera, como Ronaldinho, o posteriormente Eto’o) y ponerlos al servicio de la pelota. Como lo ganaron todo, se asumió que eso era lo correcto y lo que se debía hacer para ganar. Una revolución del fútbol.

Pronto, se empezó a adaptar este modelo de juego en todas las escuelas de fútbol del mundo. Y todas ellas comenzaron a producir jugadores que encajaran con esos parámetros. Poco a poco, los jugadores realmente diferenciales de antaño desaparecieron de los campos de juego (excepto Lionel Messi y Cristiano Ronaldo) gracias a aquello de poner al talento al servicio de la pelota, y priorizar el orden, el balance y la disciplina.

El otro día, leí una declaraciones de Gonzalo Villar, jugador español del AS Roma hablando sobre esto:

El nivel de los jugadores más mediocres subió por la implementación de sistemas de juego puramente posicionales, favoreciendo el ‘toco y me quedo’ (mucho más simple) al ya obsoleto ‘toco y me voy’ (para esto es necesario tener salidas brillantes). Y los jugadores más especiales se vieron encerrados en una pequeña prisión en la que no estaba permitido salirse de la idea del entrenador.

Ahora todos debían ir a lo seguro, y arriesgar la posesión en un pase comprometido, no entraba dentro de los planes de ningún entrenador. Y de los que sí, últimos reductos del fútbol de antes, quedaron obsoletos tarde o temprano.

Comenzaron a salir analistas de datos que “americanizaron” este deporte tan lleno de intangibles (y lo digo porque cada vez más, los deportes del otro lado del charco como el fútbol americano, el baloncesto o el béisbol, se parecen más a una tabla de Excel que a un deporte), en el que siempre se había alabado y premiado esa chispa intangible que no se puede medir, la grandeza del fútbol. Esa frase tan bonita y cruel que se solía decir antes: “qué injusto es el fútbol”.

Después de aquello, salió un jugador extraño, especial. De tanta calidad que no se le podía esconder bajo un sistema de juego. A él, justo le pilló la implantación del guardiolismo en las etapas finales de su formación en Brasil. Con un fútbol rebelde, Neymar se reveló como un jugador de los distintos, de los extraños, de los especiales. De los de antes. Un torrente de fútbol con peinados imposibles, que regateaba y partía sistemas a golpe de carácter y genialidad.

Neymar ficharía por el Barça en 2013, donde acabaría jugando un año más tarde bajo el mando de Luis Enrique, considerado sucesor de Guardiola en la entidad. Pero este fue un movimiento, cuando menos, extraño. Por el estilo de juego de Neymar y por lo que se suponía que debía proponer Luis Enrique como modelo de juego. Siguiendo la cultura del club instalada por su predecesor.

Al poco tiempo, Luis Enrique se dio cuenta del potencial que tenía en una delantera conformada por Neymar, Messi y Luis Suárez. Y en vez de colocar a los jugadores al servicio de la pelota (como hizo Guardiola), volvió a poner a la pelota al servicio de los jugadores, aunque no de una forma tan radical como antaño. Y volvieron a ganarlo todo en esa temporada (la 2014-2015). Aún con el triplete, recuerdo críticas a Luis Enrique por no haber seguido esa filosofía cruyffista al pie de la letra.

A Neymar, sobre todo después de salir del Barça rumbo al Paris Saint-Germain, se le ha achacado un mal carácter y comportamiento sobre el campo y fuera de él. No tiene disciplina, hace regates inútiles para vacilar al rival, es mal ganador y mal perdedor… Pero yo siempre he visto en él un fútbol fresco y divertido, un fútbol por el que merece encender la televisión. Y creo que es precisamente por eso, por salirse del molde, por lo que se le critica tantísimo.

Para entonces, casi todos los equipos de Europa habían adaptado esa filosofía exceptuando al máximo rival de los azulgranas (y alguno más), el Real Madrid. Contratando a entrenadores como Mourinho o Ancelotti, y peleando de tú a tú con el Barça con el estilo de antes. Era un símil de la guerra cultural que se estaba dando en el fútbol, lo nuevo contra lo antiguo. De ellos (y de muchos más) bebería posteriormente la escuela alemana.

Al mismo tiempo, que Guardiola fuera a entrenar al Bayern Münich en 2013, detonó una enorme revolución en el fútbol alemán que, aunque ya estaba sucediendo desde el Bayern de Jupp Heynckess, aceleró muchísimo el proceso.

El único que consiguió plantar cara en su anterior época sería el ya mencionado Mourinho. Y de él se originó posteriormente la característica presión alta tras pérdida del fútbol alemán. Siendo su máximo exponente Jürgen Klopp. Una manera de vencer al fútbol posicional y de posesión.

Mientras se gestaba todo esto, en España, con un Real Madrid casi en descomposición tras destituir a mitad de temporada a Benítez como entrenador, emergió la figura de Zinedine Zidane. El francés tomó la riendas del club, y dominó Europa con puño de hierro los siguientes tres años ganando tres Champions League seguidas.

Ese equipo sería diferente al resto, un elemento extraño que se salía de lo ya establecido y de lo que se creía que debía ser el fútbol. Zizou fue uno de esos extraños jugadores de otros tiempos que hacían de este deporte un arte. Y transmitió ese aura de grandeza y de “ser especial” a una plantilla de un Real Madrid de la que se creía que había que hacer una reestructuración. Para hacerla posiblemente una de las mejores de todos los tiempos. Radicalmente, puso el balón al servicio del genio y del talento de cada jugador. Volvió a lo de antes, a lo de siempre.

Rompió el molde de una manera excepcional, y le cayeron palos por ello. Se achacó su éxito a tener en el Real Madrid a jugadores como Cristiano Ronaldo, Sergio Ramos o Luka Modric como una manera de desacreditarle. Pero es que ese era su objetivo. Y demostró con un puñetazo en la mesa que los jugadores especiales nunca se habían ido, siempre habían estado ahí. Aunque con las alas cortadas.

Este Real Madrid, de 2016 a 2018 con Zidane al mando, cuanto más lo veo más me parece una versión futbolística del sampling. Pillar recortes de canciones antiguas, modificarlas, y adaptarlas a la melodía de tu canción. Una forma de homenajear (y reciclar) trozos de cultura anterior. Por eso es tan importante la nostalgia. Porque añade una capa de sentimiento y emoción que es clave.

Luego pasaron más cosas con Zidane y el Real Madrid. Pero yo con lo que más me quedo de él no es con los títulos, sino con haber devuelto de alguna manera esa sensación de que los jugadores pueden ser brillantes y no robots. Hay que arriesgar aunque pueda salir mal.

Que una canción grabada en baja fidelidad en tu cuarto, puede ser mejor (y triunfar más) que una grabada en el mejor estudio y con los mejores instrumentos. Que el fútbol en campos de barro y visto en una televisión de tubo, puede ser más mágico y bonito que el más avanzado de hoy en día.

El buen fútbol existe, y no tiene por qué seguir los cánones actuales. Puede ser de baja fidelidad, y seguir emocionándote como antes.

 

Imagen principal vía: Real Madrid CF.

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