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Pablo Gállego, un cocinero de éxitos

El Periódico de Aragón
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Pablo Gállego y su Managua FC pierden la final del Clausura de Nicaragua tras caer derrotados en el partido de vuelta por 1-3.

No todas las historias tienen un final feliz, pero no por ello dejan de ser buenas historias. Tendemos a reducir el éxito al simple hecho de levantar un trofeo. Pero el éxito va mucho más allá de esta visión tan materialista, va mucho más allá de un simple objeto.

Sería injusto criticar a un pastel por su guinda. Al fin y al cabo, es simple decoración. Lo importante es el propio pastel en sí, su esencia. El poder saborearlo en cada engullida. El cerrar los ojos mientras lo masticas y disfrutar como un niño de 3 años columpiándose.

No sé si la metáfora es la más adecuada, pero es lo que le ha sucedido a Pablo Gállego. Digamos que el pastel es toda la temporada, y la guinda el trofeo del Clausura (también el Apertura). Es obvio que no es de buen agrado para nadie perder una final. Si puedes decorar el pastel con la guinda, mejor, por supuesto. Y más si hablamos de un tipo ambicioso como Pablo, un cocinero de éxitos.

La temporada del oscense ha sido, simple y llanamente, perfecta. Subcampeón y MVP del Apertura, subcampeón del Clausura y campeón y MVP de la Copa. Además, anotó el primer gol en la historia de Managua FC en la Liga CONCACAF. 17 goles anotados a lo largo de la campaña y sus brillantes actuaciones individuales le han convertido, sin duda en uno de los ídolos en el país centroamericano. Ha ayudado a su equipo a terminar campeón de la temporada regular y a clasificarse para la próxima edición de la Liga CONCACAF. Nada mal.

Y, además, nos ha hecho vivir noches de confinamiento mágicas. Nos ha enganchado a un fútbol nicaragüense del que prácticamente no sabíamos nada. Y se ha ganado el cariño de muchísima gente. No solo en Nicaragua, sino también en España.

Por lo tanto, hay motivos suficientes para poder recordar esta temporada con la cabeza bien alta y sacando pecho. Sentirse orgulloso de uno mismo. El destino le ha privado de levantar un trofeo, sí, incluso dos, pero su cercanía, su sacrificio y sus goles han provocado la admiración de muchos futboleros. Y ese, sin duda, es el mejor de los trofeos. Que las lágrimas tras el pitido final se tornen en lecciones y que podamos volver a comer del pastel de Pablo, esta vez con guinda.

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