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Las seis espadas: «Manu Moreno y el amor al deporte»

VILLARREAL
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Inicio de la columna «las seis espadas» que escribirán como la vida y el deporte conviven sin cesar.

Manu Moreno, embajador de la familia groguet

Me aconsejaron sumergirme en la familia que había formado el Villarreal, ya que escribió un cuento de hadas en el que la ilusión de un pueblo llegó hasta el punto de competir en el paraíso. Caminar con la élite, pero sin perder la cercanía de un club humilde, ese es el eslogan que representa Manu Moreno a la perfección. Es un conquense que decidió vivir por y para el Villarreal cuando lloró como un niño cuando Riquelme falló el penalti en la semifinal de la Champions en 2006.

Dos años después, se hizo abonado al Villarreal y comenzó a ponerse el disfraz de DonQuijote y el coche de su lanza para seguir a un equipo hasta el final. Las horas de espera compensadas con amistades en los jugadores demostraron que el fútbol puede humanizarse al completo y, sobre todo, también deja protagonismo al aficionado. Como si de un evangelio se tratase, su cercanía no faltó cuando habló conmigo, olvidando cualquier dosis de fama adquirida. Predicar con el ejemplo es un acto básico, pero que bien sabe cuando se hace.

Si hay paciencia, hay recompensa

El Villarreal femenino tuvo un inicio pobre de temporadas en cuánto a resultados y, por si fuera poco, la RFEF le sancionó restándole puntos. Tocaba remar a contracorriente y, aunque la victoria ante Alavés supuso un halo de esperanza, hacía falta un escenario en el que todos los conocimientos adquiridos se pusieran en práctica.

La vida sacó la magia para que las mejores galas se vistieran en el escenario perfecto, en un encuentro ante un equipo construido en la capital para satisfacer al fútbol femenino, Madrid CCF, emitido en Teledeporte. Cuatro goles en escaso periodo de tiempo, orden defensivo, pegada y claridad de ideas acecharon e incluso se permitieron el lujo de disfrutar del nerviosismo. No dejaron de creer en Sara Monforte, y el premio llegó.

El contragolpe es un arte

El Barcelona vendió cara su derrota ante el Real Madrid. Parecía que el vencedor había sido el equipo que cayó en la prórroga por haber vuelto a sentirse un equipo competitivo con la personalidad que tanto lo había engrandecido. Pero el ganador se sintió huérfano de éxito, cuando su metodología merece su respectivo aplauso.

Carlo Ancelotti es el reflejo de semejante características. El italiano es una persona educada, acostumbrada a trabajar en silencio, pero sin miedo a defender en lo que cree. Aquella rueda de prensa en la que recalcó el espíritu bélico y coreográfico de su cuaderno táctico dejó entrever como el fútbol es un arte con diferentes conceptos.

Mantener el cambio es un placer

Aunque los inicios de la década del siglo XXI cambiaron las tornas en el deporte español a nivel colectivo, siempre aparecían gigantes que se resistían a rendirse por nuestro talento. Suecia era aquel escollo que empequeñecía con más saña la portería del balonmano. Siempre se disponía a esconder el trofeo que faltaba, un oro en los Europeos.

2018 supuso romper el maleficio, 2020 fue la confirmación y 2021 testificó un asentamiento del relevo generacional cuando España remó a contracorriente hasta meterse en la lucha por las medallas. Meses más tarde, se estrenó en el Europeo con nuevas caras, pero con la misma mentalidad y éxito. A veces, la vida no sigue igual.

Porrazo a la ilusión hispalense

Aunque la Copa del Rey otorgó razones económicas para disminuir la velocidad de las zancadas, la épica se dispuso a incrementarlas en el valor deseados, sobre todo cuando los clásicos nos ofrecen regalos de Reyes atrasados. Uno era un derbi entre el Betis y el Sevilla. Pueblo llano contra burgués asentado, pero con el mismo espíritu guerrero en una guerra sin muertos.

Desafortunadamente, el Teatro dejó de convertirse en realidad cuando un mástil acechó sobre el terreno de juego y Joan Jordán atacó con el poder del dramatismo desmesurado e hiriente. Doble bofetada mediante incivismo y provocación innecesario. El fútbol no mereció semejante espectáculo.

Las formas nos hacen perder la razón

La deportación de Novak Djokovic fue la crónica de una muerte anunciada, moral, pero muerte al fin y al cabo. Se quiso poner la capa de héroe para salvar a la población de un síndrome de Estocolmo bañado en temor a creer que la luz a final del túnel pudiera dañar nuestro ser.

Pero la mentira, la chulería y utilizar sus éxitos con tal de ensuciar el diálogo y el menosprecio para manifestar la antipatía terminó por desterrar a un mito hacia el infierno. Puede que el triángulo de poder cayese en contradicciones, pero las formas puede arrebatarnos un tesoro tan preciado como la razón.

 

Imagen principal vía: VILLARREAL

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