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Las claves de la histórica remontada de Anfield

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Un enorme Liverpool consiguió realizar una de las mayores gestas de la historia de la Champions en Anfield. El planteamiento de Klopp fue una maravilla.

Lo que aconteció ayer fue algo espectacular, seas del equipo que seas. El Liverpool consiguió volver a hacer historia como ya hiciese en aquella final de Estambul en 2005. Jürgen Klopp, que sí que fue valiente y fiel a su estilo, se comió a Valverde en planteamiento y en ganas de ganar. Y así sucedió, el Liverpool ridiculizó al FC Barcelona en Anfield.

El equipo culé ya maquilló un partido discreto en la ida gracias a un Messi estelar, pero nada más lejos de la realidad. En la ida el conjunto inglés también firmó un partido que se acercó a la excelencia, pero les faltó esa suerte que sí tuvo el conjunto blaugrana. Sin embargo, la suerte no es infinita y los fantasmas de Roma aparecieron nuevamente.

Por el contrario, esto no es un artículo para contarle a nuestro querido espectador un resumen del partido. A mí me gustaría destacar, en mi opinión, cuáles han sido las claves de este ridículo histórico.

Las claves de la remontada

Creo que excepto a muy pocos aficionados en la faz de la tierra, por no decir cuatro contados, a los demás mortales nos sorprendió el resultado de ayer. Es que dígame usted quién iba a pensar que un Liverpool sin Salah, sin Firminho, sin Keïta, con Van Dijk tocado y con Robertson lesionándose a mitad del partido iba a conseguir tal hito. Pero sí, amigos, es real, lo han conseguido. Y las claves las tiene su entrenador, Jürgen Klopp, que planeó un partido fanstástico y también tienen culpa los once guerreros que salieron a morir ante su afición. Una afición que no abandonó el equipo y siempre creyó, aunque se tuviese que agarrar a un hilo de esperanza.

La pizarra de Klopp

En primer lugar, creo que fue clave el planteamiento, como bien dije antes. Klopp no salió a especular, si no que creyó en su estilo y planteó el mismo partido que en la ida. Además, todos sabemos que este Liverpool es un equipo muy físico y así lo demostró en la noche de ayer, presionando los 90 minutos sin descanso.

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Dentro de ese planteamiento, se ha destacado la asfixiante presión. Todos y cada uno de los jugadores ‘reds’ salieron a no dejar jugar al Barcelona y tapando absolutamente todos los huecos. Esto obligó en muchas ocasiones a que el balón acabase en Ter Stegen, cumpliendo una de las premisas de Klopp: mantener el balón en campo rival.

Asimismo, no quisieron especular con el balón buscando huecos a través de un juego de toque, ni mucho menos. Fueron fieles a su estilo y mediante transiciones rápidas buscaron hacer daño a un Barcelona que sufre muchísimo con ese tipo de encuentros. El primero al que le cuesta entrar en un partido de ida y vuelta, que en realidad solo hubo idas y fueron por parte del Liverpool, fue a Sergio Busquets. El pivote catalán se vio desbordado. Él, que se caracteriza por mantener la calma, tener un buen saque de balón y saber siempre donde posicionarse, en la noche ayer le fue imposible y todo gracias a esa presión y juego directo que comentaba.

La presión sobre Sergio significó que el Barça tuviera que recurrir a darle los mandos de la creación del juego a un Arturo Vidal, que es un toro pero sacar el balón jugado no es lo suyo, y a un Iván Rakitic que ayer estuvo horrible. Para más Inri, en todas ofensivas del club inglés, Busquets veía que le pasaban como aviones continuamente delante de sus narices.

Asimismo, Klopp supo parar a un Messi que ayer no fue determinante. Las  continuas presiones de 2-3 jugadores sobre el argentino, encerrándole en una jaula de la que no pudo salir, le llevaron a tener un partido muy discreto en el momento más importante de la temporada. Y por tanto, si desarticulas el mayor peligro del rival, el partido se te pone muy de cara.

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Los jugadores creyeron en la remontada

Otra de las claves, y quizás tan o más importante que el planteamiento del entrenador alemán, es la actitud de los 22 jugadores que estuvieron en el verde de Anfield. Once de ellos, creyeron que podrían hacer historia, pero los otros once, que son infinitamente mejores si fuésemos comparando nombre por nombre, salieron a jugar como puro trámite. Y ese es el problema, la Champions no se gana por el escudo que llevas en la camiseta.

El Liverpool creyó desde el minuto uno y sus aspiraciones aumentaron con ese gol tempranero de Origi. Todos y cada uno de los jugadores del club inglés salieron con un plus de motivación, de ganas, de coraje y de fe que se notó en los duelos individuales y en la lucha continua del partido. Aunque en cualquier otro caso, los jugadores podrían haber agachado la cabeza al no conseguir un segundo gol que les diese alas en la primera parte, los de Klopp salieron con aún más fe y ganas en la segunda mitad.

Y, a pesar de haberse lesionado otra pieza fundamental como Robertson, creyeron que se podía. Y fue su sustituto, Georginio Wijnaldum, quien levantó a Anfield con dos goles en apenas diez minutos. Y mientras unos se veían más cerca de la final, los jugadores culés se veían más fuera. Pero lo más grave aún es que no mostraron ningún síntoma de enfado, de querer luchar, de decir «basta ya, somos el Barcelona». Nada.

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Al FC Barcelona le hizo falta un Sergio Ramos, y no me refiero a marcar en el minuto 93. Cuando menciono al camero, me refiero a que alguien debería de haber pegado cuatro gritos y levantar a sus compañeros de la lona. Pero nadie lo hizo y los blaugranas se dejaron llevar por lo que Klopp había planeado.

Y la prueba irrefutable está en el último gol. ¿En qué se puede estar pensando en esos momentos para dar la espalda a un delantero que está completamente solo en un córner? Ahí se nota quién estaba metido en el partido y quién no. Los jugadores del Barcelona con el dos a cero, inconscientemente, volvieron a Roma. Y ahí es donde se perdió la eliminatoria.

Anfield fue mágico

Por último, pero jamás menos importante, el apoyo incondicional de la hinchada ‘red’ llevó a los suyos hasta la gloria. Miles de gargantas cantando el ya mítico «You’ll never walk alone», miles de gargantas alentando en cada cruce, en cada jugada y en cada gol. Crearon un ambiente perfecto para una remontada histórica y todo fue sobre ruedas. Con el segundo gol, las mentes de los aficionados allí presentes se trasladaron a Estambul, a aquella final de 2005 donde consiguieron revertir un 3-0 al Milán. Ellos creían, lo veían utópico, pero creían. Y a veces, en el fútbol, el que más se lo cree acaba siendo el que gana, porque si se cree y se trabaja, se puede.

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