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La Superlocura

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Es un hecho que la Superliga Europea será una realidad, el duelo entre las grandes potencias del fútbol europeo parece que se ha decantado al fin.

Era primavera del año 1955. En aquella clara y fresca tarde de abril, un hombre terminaba de fumarse un cigarrillo mientras miraba por un enorme ventanal que tenía enfrente. Miraba a la calle, a la gente. La capital francesa en aquellos años comenzaba a asentar su tardío florecimiento, diez años después del final de una cruenta guerra continental, de la que gran parte había sucedido allí y en sus alrededores.

El renacimiento de la ciudad que un día fue la capital del mundo. Los parisinos superaban aquellos aciagos y oscuros días de gritos metálicos, y columnas de humo en el horizonte. Ahora, la moda era la industria puntera del país, y los restaurantes cobraban vida cada tarde al ritmo del jazz. El renacer de la civilización europea, después de tenebrosos años de destrucción.

El hombre se apartó de la ventana para sentarse en un precioso sillón color chocolate que había en una esquina de la habitación. Una vez sentado, volvió a dar otra calada al cigarro, que sostenía entre las falanges proximales de su mano. Estaba esperando, y pensando. Quizá pudiera hacer algo legendario aquella tarde.

Leyó la palabra Gitanes en uno de los lados de lo que quedaba del cigarrillo. Era una marca que había comprado Raimundo, su mano derecha, en la entrada del hotel. Cuando viajaba, fuera y dentro de España, le gustaba probar el tabaco local, le ayudaba a entender cómo sabía la boca del hombre con quien iba a negociar, así sería más fácil comprenderle. Eso le haría partir con ventaja, o eso creía.

Mató el pitillo en un cenicero de cristal que se encontraba a su derecha, y agarró el paquete para escoger a su siguiente presa. La cajetilla era de color añil, interrumpido en su centro con una nube de humo blanco del que surgía la silueta de una gitana bailando, como un crucero nocturno en el horizonte del mar.

Sacó otro cigarro y se lo colocó en los labios. Estaba buscando la caja de cerillas en la mesita de su derecha, cuando Raimundo abrió la puerta de la habitación. Entró, y tras de él, otros dos hombres más. Raimundo se apresuró a cerrar la puerta. El primero de los dos tenía el pelo canoso, y se le notaban más arrugas de las que deberían. El otro aparentaba tener más tiempo por delante que el primero. Raimundo les ofreció sentarse en otros dos pequeños sillones que había en la habitación. Todos se miraban a los ojos sin hacer un solo ruido. El hombre, separó el cigarrillo Gitanes de su boca, sonrió, y se dispuso a hablar. Raimundo se preparó para traducirle.

—Ya era hora, Hanot —mirando al mayor de los otros dos.— ¿Quién es tu compañero?
—Un compañero del periódico, se llama Jacques.
El joven de su lado se apresuró a presentarse en un español no muy correcto, aunque trabajado.
—Mi nombre es Jacques de Ryswick, es un placer conocerle monsieur Bernabéu.
—Puedes llamarme Santiago, joven —dijo mientras asentía con la cabeza. Dio otra calada más, y volvió a mirar a Hanot a los ojos mientras salía humo de su nariz.— Hablemos de la Copa de Europa.

Han pasado ya casi cuatro meses, desde que un anuncio sacudiera el mundo del fútbol, y del deporte en general: el anuncio de la Superliga Europea. El 19 de abril de 2021, doce de los clubes más ricos e influyentes del mundo, declararon una guerra abierta contra la UEFA y la FIFA proponiendo un nuevo e innovador sistema de competición con el que reflotar un deporte que, según sus propios argumentos, estaba venido a menos en términos económicos, y con la situación aún más agravada que provocó la pandemia del COVID-19.

Estos doce clubes fundadores (Real Madrid, Juventus, Manchester United, Barcelona, Atlético de Madrid, Chelsea, Arsenal, Internazionale, Milán, Liverpool, Manchester City y Tottenham Hotspur), liderados por los presidentes de tres clubes, Florentino Pérez, Andrea Agnelli y Joel Glazer, se enfrentaron a una batalla mediática nunca antes vista en las 48 horas posteriores al anuncio.

Junto a las declaraciones explosivas de Aleksander Ceferin, presidente de la UEFA, se le sumaron anuncios de multas y sanciones para todos aquellos equipos participantes en este nuevo formato, una cantidad ingente de bulos esparcidos por diferentes medios de comunicación, y una enorme cantidad de opiniones negativas y tremendistas por parte de ciertos sectores de los aficionados.

Ante semejante muro mediático y la agresiva caza de brujas, muchos de estos doce equipos decidieron dar un paso atrás, influenciados también por la negativa a comer del pastel que dieron tanto dos colosos del fútbol como lo son el Bayern de Múnich y el Paris Saint-Germain. Sólo quedaron tres de ellos: el Real Madrid de Florentino Pérez, la Juventus de Andrea Agnelli y el FC Barcelona de Joan Laporta.

Pero, ¿en qué consistía todo esto, para lograr tal turba en contra, en cada rincón del planeta? Pues bien, la Superliga Europea consistía (consiste, en realidad, porque está más que viva) en un sistema paralelo a la Champions League de la UEFA, en el que los veinte mejores equipos de Europa competirían en una liga, con posterior fase de eliminatorias, para coronarse como los reyes absolutos del continente.

Quizá, querido lector, piense que esto es demasiado parecido a la Champions League ya existente (fase de grupos más eliminatorias a ida y vuelta hasta la final), pero la verdadera diferencia no está en el formato del torneo, sino en la gestión del mismo. Serían los propios clubes los que gestionarían el dinero a repartir de los derechos de TV, merchandising, entradas, etc., y no la UEFA, como viene siendo hasta ahora.

En el primer borrador que se presentó (sujeto a modificaciones), se estipula que, en contra de los bulos que se extendieron, la Superliga no sería cerrada, sino que habría dos tipos de accesos en los primeros años: los clubes fundadores y los clubes que entrarían por méritos deportivos, que disputarían las ocho plazas restantes; más nuevas plazas que se generarían al crear futuras nuevas divisiones en la competición. Con ascensos y descensos entre ellas. Y lo más importante, que no era un borrador definitivo. Estaba sujeto a cambios futuros acordados con las propias UEFA y FIFA.

Aunque parezca un acceso restringido, la presencia de los fundadores, al menos los primeros dos o tres años, es algo completamente necesario para conseguir crear la riqueza suficiente que justifique la existencia del torneo, puesto que estos clubes fundadores son los que más dinero mueven en el mercado futbolero de hoy en día, sin contar al Bayern y al PSG.

Esta competición sería paralela, que no sustitutiva, a las ligas nacionales. No como se dijo cuando se anunció el proyecto. Y estas, a su vez, recibirían bastante más dinero del que reciben actualmente con los fondos de solidaridad (un nombre, quizá, algo inapropiado). Y estos equipos no tan grandes que consigan entrar en una de sus divisiones, se convertirían, por la diferencia de ingresos, en potencias europeas casi de forma instantánea.

Además, se establecería un mayor control económico sobre los clubes, ya que es debido a la flexibilidad actual, que varios clubes están en situaciones económicas tremendamente complicadas. Siendo la más sonada la del FC Barcelona, con la reciente salida de Lionel Messi y sus problemas para inscribir a sus nuevos jugadores, por representar el gasto en salarios un porcentaje cercano al 110% de los ingresos.

El entretenimiento mundial ha vivido en los últimos años un boom enorme desde su propia estructura, con la aparición de diversas plataformas en Internet como los vídeos en streaming, las redes sociales, el crecimiento de las plataformas de cine y series, y un infinito etcétera. El fútbol ha perdido cierta presencia en la sociedad, sobre todo en los jóvenes, lo cual era uno de los argumentos exhibidos por los clubes fundadores de la Superliga, según estudios de población que ellos mismos realizaron.

A ello se le suma una burbuja enorme en el mercado de fichajes de los clubes, gracias a la entrada de los famosos clubes estado y sus depósitos de «petrodólares» infinitos durante los últimos años, que han subido los precios de todo hasta un listón que algunos de los mayores clubes del mundo no pueden ni soñar alcanzar.

Esto último, ha convertido al fútbol, no en un duelo de equipos o jugadores, sino en un duelo entre países exportadores de petróleo con el fin de ver quién consigue más influencia para entrar en el mercado europeo. Son ejemplos Qatar, Emiratos Árabes, Rusia, China o Arabia Saudí.

Qatar, concretamente, son los que más presencia tienen en la actualidad en UEFA y FIFA, consiguiendo que el próximo Mundial se juegue en Qatar en el 2022, pese a todos los peros debido a temas de horarios y temperaturas (se jugará en diciembre). Están representados por Nasser Al-Khelaïfi, presidente del Paris Saint-Germain, presidente de BeIN Sports y miembro del ejecutivo de la UEFA. No es de extrañar por qué han estado hasta ahora en contra de la Superliga Europea. ¿O sí?

El Paris Saint-Germain lleva, desde que entró el Fondo de Inversión Qatarí (QIA) en la directiva, derrochando una cantidad salvaje de dinero sin tener casi ingresos, y ningún fondo de inversión quiere tener pérdidas. Nunca entraron en el negocio del fútbol por el dinero, sino por la influencia que se obtiene al entrar de cabeza en las diferentes instituciones europeas más allá del deporte. Sobre todo en el negocio del petróleo. Tomar las riendas de la UEFA para conseguir un Mundial, es sólo otro indicador.

Aún con toda esta influencia, no sería extraño un giro de ciento ochenta grados por parte de la directiva del PSG después del Mundial de Qatar 2022, al ser QIA uno de los mayores inversores del banco JP Morgan. Banco americano que, casualmente, es el principal inversor de la Superliga Europea de Florentino Pérez.

Además, una vez ya estando Qatar bien introducido en las diferentes instituciones europeas, logrando acuerdos con el gobierno francés por valores cercanos a los 12 mil millones de euros en gas natural, y habiendo conseguido lavar su imagen de país esclavista y financiador del terrorismo gracias al PSG y al Mundial, es de suponer que no sería rentable el titánico gasto en el mantenimiento del PSG, que tendría que empezar a reportar beneficios.

Y la única salida al agujero negro en sus cuentas, son los ingresos que generaría la Superliga Europea. Una Superliga Europea que ha conseguido que los tribunales fallen a su favor, en las denuncias a la UEFA por intentar monopolizar el fútbol, poniendo diversas sanciones a los equipos fundadores de la Superliga y sus jugadores.

La realización de la Superliga, será una revolución del fútbol en todos sus ámbitos, como ya lo fue la creación de la antigua Copa de Europa (actual Champions League) ideada por Santiago Bernabéu, Gabriel Hanot y Jacques de Ryswick. Los clubes gestionando y retomando el control de lo que les pertenece por derecho, modernizándose de cara al aficionado, y mejorando la competición y el espectáculo.

Una competición mermada por la acumulación del talento y el dinero en los grandes clubes de Inglaterra y la Premier League, a parte del PSG gracias al dopaje financiero y a la flexibilización de las normas del FPF, que el resto sí ha de cumplir. El fin del actual parasitismo que lleva años reteniendo al fútbol. La Superliga es inevitable.

—Puedes llamarme Florentino, joven —dijo mientras asentía con la cabeza. Se ajustó las gafas que descansaban sobre su tabique nasal, y volvió a mirar a Al-Khelaïfi a los ojos.— Hablemos de la Superliga Europea.

Muchas gracias a @santicalvicidad por ayudarme con este texto.

 

Imagen principal vía: Real Madrid CF.

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