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La imperfecta perfección del futbolista

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Los aficionados cada vez utilizan más el fútbol para desahogarse irrespetuosamente sin pensar en cuanto esto pueda afectarle al futbolista.

¿En esta vida existe la perfección? Para mí no. Y creo que es perfecto que no exista la perfección. La vida es una constante secuencia de individualmente plantearse retos a superar para lograr ser una mejor persona. Todo es mejorable, pero nada es perfecto. Aún así, siento que para la sociedad en general si existe una perfección, pues son muchos los que dibujan al prototipo de ser perfecto con el deseo de ser igual de perfectos que ellos.

Lo peor de todo es que en la mayoría de casos son los padres quienes quieren que sus hijos sean perfectos. Los padres quieren que sus hijos sean los mejores en todo, que sean de matricula de honor en los estudios y en el fútbol. Esa figura perfecta dibujada por la sociedad, mayoritariamente nace de esta profesión. Y, aunque al niño ni siquiera le guste, desde el primer minuto, desde que es benjamín, se le exige un solo resultado: Ganar.

Los futbolistas son considerados como perfectos porque ganan millones de euros y porque pueden tener las casas, los relojes y los coches más lujosos. En la sociedad del siglo XXI, lo materialista es lo considerado como algo cercano a una perfección. Desde afuera existe la percepción equivocada de que los futbolistas y su entorno viven en otro mundo, en el país de las maravillas. Debe ser que el ganar mucho dinero impide que los familiares de los futbolistas se enfermen o les pase cualquier cosa que no queremos que nos pase a nosotros ni a los nuestros.

Y claro, ante la falta de empatía y esa visión de la perfección, pues nadie se da cuenta que el futbolista pasa por estos tragos dolorosos de la vida. Los futbolistas, por mucho que vivan en una burbuja, no son robots, son personas con un corazón y una cabeza. Sienten y padecen, como todos. Y como todos, aunque hayan ganado millones de euros, van a acabar en el mismo sitio.

Si ya de por si la falta de respeto y empatía con el futbolista existía sin las redes sociales, ya con estas en nuestras vidas se ha vuelto algo muy difícil de gestionar en la cabeza de cualquier futbolista y su familia. Las redes sociales son altavoces al alcance de cualquier ‘energúmeno’ que hacen mucho daño a la cabeza del futbolista y su entorno. Aunque no te lo llegues a creer, los futbolistas y sus familiares se acaban enterando de lo que se dice de ellos. Que por cierto, siempre es malo. Si el equipo gana, son los aficionados rivales los que se ‘meten’ contigo. Y si el equipo pierde, es toda una ciudad la que te llama ‘mercenario’.

¿Cuál es la excusa de esta gente que habla sin saber y sin pensar que el futbolista también es una persona? Pues que los futbolistas ganan mucho dinero y, por tanto, no les va a pasar nada por insultarlos y faltarles al respeto constantemente. Así como utilizamos las series o las películas para desconectarnos de todo lo malo que hemos tenido que aguantar en nuestro día, los aficionados cada vez utilizamos más el fútbol para desahogarnos negativamente sin importarnos cuanto esto le pueda afectar al futbolista y su familia.

En los últimos meses, hemos visto llorar en la rueda de prensa postpartido a tres futbolistas de Primera División: Ontiveros, Gabriel Paulista y Kevin Vázquez. El primero por la muerte de su abuela, el segundo por la presión de ganar o ganar y el último por una lesión tan larga que le hace sentir inútil para el equipo. Estoy seguro que Ontiveros, Paulista y Vázquez son un pequeñísimo porcentaje de los futbolistas que, por mucho dinero que ganen, actualmente lo están pasando mal. Y nosotros, los periodistas y aficionados, juzgamos demasiado a la ligera sin darnos cuenta que seguramente la respuesta al bajo rendimiento de un determinado futbolista está en su cabeza.

El futbolista debe saber llevar la crítica y la soledad, pero evidentemente, como personas, llega un momento en el que no aguantas más. Un momento en el que te desahogas. La presión de ganar o ganar es una constante en la vida de un futbolista. Desde que empieza en benjamines y lo primero que le preguntan los padres cuando el niño llega a casa es si ha ganado, y no si se ha divertido jugando al fútbol, hasta el último segundo de su último partido como profesional. Son más de 30 años de presión y exigencia.

Es verdad que a todos se nos exige resultados en nuestro trabajo, pero en mi parecer no existe una más innecesaria exigencia que la que se produce alrededor del fútbol. No sólo es tu jefe el que te exige un solo resultado semana tras semana, sino que son millones de personas las que te juzgan por un resultado de un juego. Yo entiendo que la gente lo pueda estar pasando mal en su vida, pero lo que no comparto es que los futbolistas y sus familiares tengan que pagar esas frustraciones.

Al final llego a la conclusión de que el futbolista sufre más que disfruta. Y no debería ser así, pues el fútbol es un juego que debe proyectar alegría por todos lados, tanto para quienes lo practican como para quienes tenemos el privilegio de verlo semana tras semana. Hay que ganar, pero por perder un partido no se va acabar el mundo. Y os lo dice un hijo de un entrenador de fútbol a quien semana tras semana le exigen ganar o ganar. Y sinceramente, cuando el equipo no gana, no sólo es el entrenador y el futbolista quien lo pasa mal, sino que se expande a su entorno más cercano.

Dicho todo esto, me parece fundamental que la figura del psicólogo cada vez tenga más fuerza dentro de los clubes de fútbol. Antes de escribir o decir cualquier cosa, pensemos que ese futbolista en ese momento lo puede estar pasando igual o peor que tú. Utilicemos mucho más la empatía como patrón de guía en nuestras vidas. Que a la hora de juzgar al futbolista sobre lo que hace en el campo, tengamos en cuenta que afuera tiene una vida. Una vida imperfecta, como la de todos. La perfección, por mucho que la intentemos dibujar, no existe.

 

Imagen destacada vía: La Liga Santander

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