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Estrellas fugaces en El Principado

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Artículo de opinión sobre el mérito de la realización de una vuelta extraordinaria en Mónaco

La Fórmula 1 necesita al Gran Premio de Mónaco como la Industria del Cine a los Premios Oscar, ya que representa el glamour de esta competición en términos de inversión económica y, sobre todo, por representar a la perfección el modus operandi de la categoría.

Ante dicha afirmación, es necesario preguntarse: ¿en qué bases se fundamentan los mecanismos de actuación por parte del entorno que conforman la Fórmula 1? Concretamente en mezclar los prejuicios con ciertas dosis de realidad que permiten sorprender y marcar interrogantes.

Mónaco demuestra que «el Gran Circo» convierte la pintura vanguardista en realidad ante un hipotético caos, pero glorificado en orden a través de la medicina de la belleza. Si nos ceñimos a sus carreras, a pesar de que primen las dificultades para el adelantamiento, existe una mayor apreciación al placer de ver correr a un coche a más de 200 km/h.

Precisamente ese placer puede percibirse en una clasificación o en una carrera, sea al sprint o de hora y media. Al fin y al cabo, dicho espectáculo tiene el privilegio de sugerirte el placer de la competición sugiriendo escenas a cámara lenta.

Nada más lejos de la realidad, aunque todo parece que surge con la intensidad y lentitud de las grandes series de televisión y novelas históricas, la magia de los pilotos en los bólidos tiene lugar a velocidad de relámpago.

Este componente físico con dotes divinos tienen lugar en cada una de las vueltas de un Gran Premio, pero el secuestro de los sentimientos del aficionado llega en un instante; o quizás en una estrella fugaz. La de Ayrton Senna fue una de las formidables cuando consiguió dar una vuelta por el Principado sumergido en la desafiante apnea.

Marcó la pole y fue la muestra del placer que supone mecanizar tus dotes para la magia. Porque estas estrellas fugaces, por mucho que sorprendan y parezca que su aparición vienen del azar, responden a un homenaje a la constancia.

No obstante, siempre podremos ver todo tipo de astros reinantes en la sorpresa como el de Felipe Massa en la clasificación del Gran Premio de Mónaco 2008, sobre todo para aquellos que lo veían sin garra. Pero también ha habido otros ya abocados a las cenizas de la eternidad, que optaron por emitir los últimos coletazos como  Michael Schumacher. Marcó a pole durante su última temporada en el sinuoso Montecarlo.

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Al fin y al cabo, mucho se habla de que ganar en Montecarlo forma parte de una de las espinas que forma la Triple Corona. ¿Pero dónde se percibe más talento, en mantener la constancia o en exponer tu alto grado de mecanización de un movimiento?

Guste o no, la intervención de la ingeniería en términos de mecánica, diseño y estrategia otorgan una mayor «predictibilidad» a los resultados. Pero precisamente la excelencia del cerebro humano se ha ido encargando a lo largo del siglo XXI en dejar los márgenes de tiempos en suspiros metafísicos.

Además, quién consigue destapar esa opacidad invisible que permite diferenciar talentos, tiene un hueco en la Historia. Porque muchas veces el éxito depende del equilibrio entre el talento y la habilidad, y la habilidad exige un gran trabajo.

¿Qué mejor manera de percibirla en menos de dos minutos y poniendo a prueba su memoria motriz? Al fin y al cabo, la duración de las estrellas fugaces es efímera en su duración, pero eterna en su recuerdo.

Imagen principal vía: @ACM_Media

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