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Érase una vez la soledad

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La última defensa, el guardián de las redes, la figura errática, incansable y profunda que vigila todo el terreno de juego, la silueta que puede cambiar el futuro con un simple cambio de vertical a horizontal: el portero.

“No todos los héroes usan capa, algunos solo necesitan un par de guantes”. Desde el principio, a un niño se le inculca, en su mente, la imagen de un delantero metiendo un gol: la imagen de Iniesta marcando en la final del Mundial o la de Messi regateando a toda la plantilla del Getafe, entre mil ejemplos más. No obstante, de entre cien jóvenes visualizando la celebración de ese gol, uno sólo se fija en ese hombre que está sentado, con los brazos abrazando sus piernas, en el verde del césped. En esa figura que, acto seguido, da un manotazo al suelo y se levanta aun observando el balón en el fondo de las redes; de sus redes.

Porque de entre mil chavales que sueñan marcar el gol que haga ganar un título a su equipo, uno solo piensa en detener ese balón. En hacer que un estadio entero se lleve las manos a la cabeza en el momento que las levantaron para celebrar el tanto. Porque llegar a los 90 minutos finales con un 0 en lo alto del electrónico significó que el trabajo se hizo bien. No hay necesidad de más. La persona con la fortaleza mental más dura de todo el equipo. Es en ese momento, en el que el joven se enfunda dos guantes y se coloca debajo de tres palos, cuando decide que su vida se ligará a la soledad.

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Porque en un deporte de equipo como lo es el fútbol, el guardián de la portería ya viste unos colores totalmente diferentes al de los que llama compañeros. Porque en un juego en el que el objetivo es introducir un balón en el fondo de una portería con el pie, él puede usar las manos. Aunque cada vez más restringido con las nuevas normas que hacen que el guardameta tenga que usar sus extremidades inferiores con más frecuencia; como si de un jugador de campo se tratase (jugador de campo dicen algunos, como si el portero jugara en la acera).

Y es esa característica, la de la fortaleza psíquica, la que diferencia a ese jugador de la otra decena de ellos. Porque un delantero puede fallar un gol cantado, ya lo arreglará en la siguiente. Porque un medio puede fallar un control, errar es humano. Pero como el portero falle, que se prepare para el aquelarre. Que se prepare para ser el blanco de increpaciones y comentarios nada agradables, irónicamente susurrados por aquellos que de pequeños dijeron la típica excusa de “ponte tú, que tengo la mano mal” para no tener que pasar el encuentro bajo tres solitarios palos.

Porque sí, eso es el señor guardavallas, el hombre invisible. El hombre que en la formación 4-3-3 (por ejemplo) no aparece. El hombre que tiende a hacer algún ritual solo mientras el resto del equipo celebra un gol. El que se tiene que levantar y recoger el cuero de dentro de su portería, una tortura para él, cuando no pudo hacer más. Ese señor que si un día empieza el partido desde el banquillo, lo acabará en el mismo habitáculo frío y sombrío.

Porque un día alguien dijo que uno del equipo, en este bello deporte que es el fútbol, debía defender la zona de gol. Y porque ese mismo día, una persona levantó la mano antes de que se terminasen de pronunciar esas palabras. Porque el mundo de la portería puede ser un infierno o un paraíso, solo hace falta saber disfrutarlo. Porque unos días será tu casa, y otros tu cárcel. Pero que al final del tiempo estipulado, y después de sentir el cuerpo magullado, los codos sangrando y algún que otro dedo algo necesitado de hielo, ese héroe solitario mirará detrás suyo, a su portería, y desprenderá una sonrisa con un pensamiento: “elegí volar, elegí llorar solo, elegí celebrar solo, elegí ser el héroe, elegí ser portero”.

Fotografía: Ángel Becerra Gende

Autor: Christian Fernández

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