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«Batallas del deporte español»: un gran regalo de cumpleaños (I)

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Relato sobre cómo un niño de nueve años recién cumplidos asistió al colosal triunfo de Fernando Alonso en Suzuka.

Todo nacimiento es una alegría para la persona que lo vive de cerca. Lo sentí cuando la pequeña Lara, hija de mi prima María José, vino al mundo. Si esbocé una inconsciente sonrisa cuando mi madre me despertó a las nueve de la mañana para confirmar su nacimiento, mi piel se erizó cuando mis ojos contemplaron por primera vez su presencia.

Una de las primeras sensaciones fue el contraste entre la primera foto enviada al grupo «Familia» de Whatsapp y su presencia amarrada a las mamas de su madre. Semejante diferencia percibo entre las hazañas de Miguel Induráin en el Tour de Francia que con tanta pasión me cuenta mi padre a percibir en mis carnes las victorias de Fernando Alonso.

Su coraje y amor por el motor expresado en aquel adorable Renault amarillo y azul me atrapó en el apasionante deporte español. Desde mi amor por los coches, pasando por mis colores favoritos situados en aquel bólido, siguiendo por mi simpatía a los coches Renault y, por último, viendo a un guerrero con mis colores y de sangre minera.

Cómo si hubiera estado en el coche

Irremediablemente, comencé a ver sus carreras y sentir como si estuviera pilotando aquel monoplaza. No estaba en su pellejo porque no me ponía a 200 km/h en la pista de Suzuka, pero su mirada triste tras su quinta plaza en la Clasificación se disparó como una flecha hacia mis entrañas. Incrementó el fatalismo, sobre todo cuando la selección española cayó el día anterior ante Suecia por 2-0 en el primer partido oficial sin Raúl.

Previa histórica Gran Premio de Japón 2006: el motor de Schumacher sirve en bandeja el título a Alonso - VAVEL España

La incertidumbre era enorme, al igual que cierto pesimismo, pero quería afrontar el desafío, y saliese la cara de la moneda que saliese, saborear mi fe hacia una creencia. Yo creía en la forma de vivir de Fernando Alonso y sabía que no podría dejarlo solo en su última bala por buscar el bicampeonato.

La carrera había tenido lugar a altas horas de la madrugada. Mi padre la había visto, pero su carácter callado y su rostro firme disimulada cualquier alegría o tristeza. Aquellos tiempos eran preciosos, ya que los hogares no se colorían de ordenadores, móviles y tabletas dispuestos a ofrecer información inmediata.

Un televisor gigantesco, bañado en azul y con una pantalla imponente se negaban a desaparecer. Su vejez la compensaba con unos recuerdos tatuados en mi retina, como en la del resto de mortales. La prueba en Japón no iba a ser la excepción y parecía estar destinada a llenarnos de orgullo.

Fernando adelantó a Trulli en la salida y se empezó a dejar la piel en adelantar al hermanísimo Ralf Schumacher. La defensa férrea del Toyota junto al ímpetu del español hacían presagiar los peores recuerdos en los que el alemán aguó la fiesta a Fernando. Pero la concentración fue tal que los miedos acechaban y mi rutina se fijaba meticulosamente en el duelo, pero a la hora de la verdad, las piernas me hacían correr hacia otro lado.

Tanto nervio y tanta carrera nervioso supuso perderme el adelantamiento. Lo celebré como si estuviera en la mismísima cabida con Antonio Lobato y Gonzalo Serrano, con rabia, pero con la concentración necesaria para ver como Alonso se enfrentaba al siguiente escollo, Felipe Massa. Aquel rival había causado un enorme sofocón en Monza por aquella esperpéntica sanción.

Tentaba sacar toda la ira del mundo, pero el por entonces vigente campeón ofrecía unas trazadas firmes, pero con una suavidad a la altura del espectacular trazado de Suzuka. Por un momento, el monoplaza se deslizaba sobre la pista con una relajación inusual para el objetivo tan faraónico que era el título.

Cualquier mortal se hubiera tirado de los pelos, y eso fue lo que demostró ser Michael Schumacher. Llevó los valores de Ferrari hasta el final cuando el rojo volaba al límite, pero cada cabezada en el monoplaza determinaba su tensión.

El germano denotaba tensión, pero el asturiano iba siendo la gota que rompiese una roca. Esa roca llevaba más de un lustro sin romper el motor, pero la fe terminó haciendo desprender un fino humo blanco que supuso el éxtasis definitivo. «Rompe Michael» lo dijo Víctor Seara, y yo grité toma como si no hubiese un mañana.

Fernando sintió aquel telar en la pista, por lo que optó por pensar cómo perder el menor tiempo posible para dar caza al Kaiser. Pero cuando se trataba del propio alemán, suspiró junto a todos sus seguidores. El título estaba en bandeja, el trabajo meticuloso compensó la falta de fe y me dio un gran regalo. Enero coincide con torneos de balonmano y el Open de Australia. Espero que le de muchos regalos a Lara. Bienvenida al mundo.

Imagen principal vía: Wikipedia Commons

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