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Aunque tus sueños se rompan en pedazos. Camina, camina

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Quién iba a decir que fue el teatro el que le brindó al fútbol el himno más bonito jamás compuesto. Aquel “You’ll never walk alone” que sonó por primera vez en el Majestic, en Broadway, ayer volvió a retumbar. Esta vez en Madrid, en un teatro del siglo XXI, y entonado por millares de británicos con olor a pub irlandés. Qué se le va a hacer, seguramente este teatro es menos fino, pero al fin y al cabo lo que subyace es igual de real.

Este año el director de la función, encima, se presentó en chándal y con gorra de visera, ni frac ni sombrero de copa, el alemán de las gafas solo se enfundó su reluciente sonrisa. Pero vamos, no seamos puristas, al tal Jürgen no le hizo falta, ni le ha hecho falta nunca, para encandilar a la grada. Klopp dijo al llegar a Liverpool que había que transformar a los escépticos en creyentes, y se lo tomó tan en serio que ahora no solo le creen en Anfield, le creen en medio continente. El suyo siempre fue un estilo diferente, apegado a ciudades de clase trabajadora donde el fútbol lo para todo, apegado a estadios impregnados por la mística y, sobre todo, apegado a equipos que nunca caminan solos.

Pocos tienen su carisma, pero sus proyectos triunfan porque detrás hay mucho fútbol. Su carácter y sus formas te persuaden, a ti y a sus futbolistas, y desencadenan a la grada, pero si sus equipos han triunfado siempre ha sido por su gran nivel como técnico. Creo que el primer puesto no se le puede discutir a Pep Guardiola en esto de entrenar, pero si hubiese que decidir quién se le acerca más, cuenten con el alemán.

Perdedor y fracasado

 Antes de lo que ocurrió ayer, Klopp había perdido siete finales de las que había disputado en su carrera y cómo no, el mundo y el fútbol actual ya le habían tildado de ‘looser’ y fracasado. Después de lo ocurrido ayer, en su carrera como entrenador siguen constando siete finales perdidas. Pero claro, tras ganar la Champions todo el mundo le ensalza y quien redacta estas líneas el primero. Múltiples son los ejemplos de lo que se magnifica para bien y para mal lo que puede ocurrir en 90 minutos, más si cabe si es en Champions.

Este año han fracasado Valverde, Simeone, Guardiola, Allegri… Y así todos los que no han levantado la orejona. Decía Quique Setién (otro fracasado) hace unas semanas en una entrevista para el diario ‘Marca’ que “vamos a crear una cantidad de fracasados tremenda” y añadía “No hay que valorar tanto la victoria porque solo la consigue uno”. Pues bien, estas magníficas reflexiones del técnico cántabro parecen estar presentes en Klopp que después de la final afirmó que iba a poner su medalla de oro al lado de todas las de plata.

Klopp, como todos, ha tenido que perder para poder ganar porque los errores de hoy, bien dirigidos, pueden ser los aciertos de mañana. La derrota se tiene que naturalizar, perder es lo normal, y no hablo de aceptarla porque el deporte es competición, pero hay que medir y redireccionar los impulsos y reacciones que provoca. Ni en las películas deportivas más clichés se gana a la primera, siempre te muestran primero el fracaso. Esto es el deporte y el camino que ha tenido que seguir Klopp seguramente lo tenga que recorrer ahora Pochettino. El cambio de mentalidad empieza, precisamente, por mantener a estos técnicos, confiar en el proceso, como han hecho ambos.

Evolucionar para ganar

Para llegar a este éxito de final de temporada que es levantar la Champions, el Liverpool ha tenido una gran evolución futbolística y, en cierta medida, ha tenido que aprender de sus errores. La mejora en el apartado defensivo se vio ya la pasada campaña a partir de invierno, coincidiendo con la llegada de Virgil Van Dijk (aunque ahora se haya acentuado), lo que ha sumado esta temporada el Liverpool es diversidad de registros.

Los reds antes eran un equipo incapaz de domar los partidos, te llevaban al intercambio de golpes y por la tremenda capacidad de sus delanteros solía salir bien, pero tenía sus riesgos. Esta temporada sin perder la esencia de la intensidad, la presión y el contragolpe el Liverpool también ha sumado control. La llegada de Fabinho y la reconversión de Henderson han sido clave en esto. El brasileño ha tomado el puesto del inglés en el mediocentro y con ello el equipo de Klopp ha ganado mucha fluidez en salida de balón. Por su parte, Henderson de interior, con más libertad ha podido explotar sus condiciones físicas y disimular sus carencias en la gestación de la jugada.

El Liverpool ha sumado control y se ha notado bastante en liga, donde ha sumado más puntos haciendo una temporada tremenda porque ha gobernado más partidos en los momentos necesarios. Ayer en la final, el balón fue más del Tottenham y el Liverpool, algo alejado de lo que suele ser, gobernó el partido cuando no tenía el balón.

Las finales son así

Muchos coinciden en afirmar que esta ha sido una de las mejores ediciones de Champions de los últimos años, y sin duda ha sido muy emocionante. Con estos precedentes la final pudo decepcionar un poco, nada que no se haya visto antes. Las finales, con el miedo en el cuerpo, suelen ser bastante más planas y lo hemos comprobado con algunas de las últimas finales europeas.

El Tottenham pese a haber estado esta temporada por encima de sus posibilidades llegando a esta final, estuvo especialmente atenazado en la primera parte. Es fácil pensar que no hay nada que perder y que hay que disfrutar antes de saltar al campo, sin embargo, cuando ves esa copa reluciente y entiendes que el de al lado ha venido a quitártela aparece el miedo escénico. Es inevitable, no sabes cuando va a llegar otra oportunidad. El Liverpool sin presionar de forma agresiva complicó la salida de los Spurs. Lo pasó especialmente mal Alderweireld que ni conducía ni se perfilaba bien y entregaba la mayoría de balones a Lloris que la mandaba al cielo. Con balones largos tenían las de perder y un ausente Kane no pudo ganar ninguna.

En la segunda parte mejoró algo el Tottenham que obligó a Alisson a lucirse pero el gol no llegó. El Liverpool, simplemente, no ofreció más de lo requerido. Hizo un partido muy discreto, pero en todo momento parecían tenerlo controlado.

Nunca caminarás solo

Con el pitido final, como no puede ser de otra forma, llegó el delirio entre los reds. Y entre tanto, tras llorar, gritar y levantar su ansiada copa, ese tipo alemán se posó en el campo con su eterna sonrisa a contemplar a la grada y escuchar esa preciosa canción. Quizás, en ese momento, lo comprendió como nunca antes: “at the end of the storm there is a golden sky and the sweet silver song of the lark. Walk on through the wind, walk on through the rain, though your dreams be tossed and blown. Walk on, walk on with hope in your heart, and you’ll never walk alone, you’ll never walk alone.

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Fuente imagen principal: LFC.

 

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