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Antoine I de Francia

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Antoine Griezmann. El nombre que tanto había sonado por temas extradeportivos llegó a boca de todos. Olvidando la incógnita de su futuro, se centró en el presente, y bien que lo hizo. El Principito tenía una misión, coronarse en su tierra. Lyon a sus pies. Y Lyon acabó patas arriba.

Fuese su última gran noche de rojiblanco o no, eso no resultaba trascendental, Griezmann se vistió de héroe. En sintonía con su compañero de guerra, Diego Costa, comenzó avisando a la defensa marsellesa. Los acercamiento apenas generaban peligro, no obstante, dicho peligro se generó solo. En el momento adecuado, ahí estaba el francés para dar la vuelta al guión del partido. Gabi le ponía en bandeja el balón para que, sin ningún atisbo de nerviosismo, engañase a Mandanda y subiese el primero al marcador. Su noche cogía color, el papel de protagonista estaba a su nombre, no había otro.

La historia no había terminado. El Atlético no había cerrado la eliminatorias. Y ahí estaba Griezmann para encargarse de ello. Koke al espacio, un par de toques y adentro. Lo hizo parecer fácil. Burló a la defensa rival con un simple desplazamiento que le permitió situarse ante la meta rival con todo de cara para anotar. Ponía tierra de por medio y la final ya estaba encarrilada. El rey ya tenía su corona. Más allá de sus eficacia entre los tres palos, su partido fue una delicia. Se distribuyó entre líneas reclamando el esférico y rompió las mismas con cambios de ritmo que dejaban perplejos a sus compatriotas. Sin embargo, el final tuvo otro protagonista. Antoine entregó la corona a Fernando.

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